Ilusiones rotas

Estaba descansando en mi habitación cuando los gritos de un niño sobresaltaron. Se encontraba bajo mi ventana y acababa de llegar del colegio. Era mi vecino Asier, tendría unos seis años y tenía las manos llenas de unas cartas. Llamaba a gritos a su amigo Iker y no paró de chillar hasta que este apareció. Los dos observaban las cartas atentamente. Se trataba de una colección de sus futbolistas preferidos. A Asier sólo le quedaban cinco cartas para completarla y le pedía a Iker que le cambiara una de esas que le faltaba. Mientras estos dos niños intercambiaban las cartas, sus madres hablaban de temas más serios. A la madre de Asier se le llenaban los ojos de lágrimas cuando contaba a la de Iker lo que les pasaba. El problema era un juego de cartas, pero no el de su hijo sino el de su marido. El padre se había gastado todos los ahorros en el casino. Estaban arruinados. La madre no sabía que hacer, no sabía como decirle a su hijo que no podría terminar la colección de cartas porque a su padre le habían costado muy caras otras cartas.
Yo mientras, observaba desde mi ventana y me lamentaba por saber que la ilusión que tenía Asier de terminar su colección se esfumaría tan rápido como lo habían hecho los ahorros de su familia.
Yo mientras, observaba desde mi ventana y me lamentaba por saber que la ilusión que tenía Asier de terminar su colección se esfumaría tan rápido como lo habían hecho los ahorros de su familia.


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